LV Blog: La niña buena que necesitaba algo más que aprobación
- Yelly Diaz
- Nov 6
- 8 min read


Desde que era pequeñita siempre fui halagada por mis obras. Era una niña buena y tímida. Las personas que me rodeaban me colocaron en un pedestal. Constantemente escuchaba frases como: “Tú eres tan buena”, “Eres una niña que se porta muy bien.”, “Te mereces todo lo que quieras.”, “Eres la más inteligente y aplicada.”, “Si todas fueran como tú.” Sí, todas esas frases me pusieron en un pedestal. Yo era “perfecta”, “la mejor”, la que todo el mundo escogería. Sin embargo, esto dañó mi corazón porque para mí todas esas frases formaron mi identidad. Pero algo sucedió en mí cuando dejé de ser la que todo el mundo escogería. Cuando deje de ser aquella niña perfecta que a todos les decía que sí. Cuando decidí decir ‘no’, sentía sus miradas penetrantes; pues siempre esperaban de mí disposición, perfección, y un “sí”. Poco a poco, mis pensamientos legalistas llegaron a ser mi mayor acusador. Como no era lo que los demás decían de mí, yo intentaba ganarme la gente de vuelta siendo lo que ellos esperaban de mí. Sin embargo, eso me rompió aún más porque así como un molde está hecho para dar cierta forma, imagínate un ser humano tratando de acoplarse al molde de tantas personas. Eso es un disparate. Un revolú. Un desastre total.
Recuerdo que cuando comencé a conocer a Jesucristo por medio de su palabra, aún no entendía muchas cosas. No entendía la obra completa que hace la gracia de Cristo en nosotros. Ella no solo nos salva, sino que también nos limpia, nos transforma, nos sana y hace aún más conforme a la necesidad única de nuestras almas. Leyendo el libro de Proverbios aprendí mucho. Además, me di cuenta que muchas de las buenas cosas que yo hacía estaban escritas allí. Recuerdo que, mientras lo leía, sentía literalmente que mi alma encontraba el lugar al que pertenecía. Aunque aún era ignorante en muchas cosas, mi corazón cayó en el molde correcto. Fue inesperado porque ni estaba buscando un lugar donde encajar. Fue algo tan interesante porque mi alma anhelaba encontrar su casa, no obstante yo ni sabía.
Desde ese momento comencé a vivir una vida de agrado a Dios. Fue cuando mi inmadurez comenzó a salir a la luz, no solamente era una jovencita de 14 años, sino que también era una bebé en el evangelio, y entré en un proceso de humillación. No te asustes. Me explico: cuando eres una persona que todo el mundo halaga, por más ‘bueno’ que te consideres, te acostumbras a la admiración de la gente. Y eso no es más que puro ego, orgullo, narcisismo, protagonismo, todo lo egoísta que puedas pensar. Y haces buenas obras para seguir recibiendo esa admiración, aunque no tienes las fuerzas y quieres decir: “No puedo". Por eso, debía ser humillada para encontrar la libertad en Cristo Jesús. La libertad de dejar de vivir para la gente, y ser yo genuinamente para Dios. La realidad es que si no aprendía a decir que ‘no’ y a vivir para Dios, la vida iba a pasarme por delante y yo quedándome atrás. Tal vez, tú que me lees, no quieres admitir que te gusta recibir admiración de los demás, pero ¿cómo te sientes cuando haces algo tan excelente y nadie te dice nada? No te dicen ni un “muy bien”. Y cuando ves que halagan a otro que hizo lo mismo que tú, o algo distinto, tal vez sientes algo en el corazón que no quisieras sentir: envidia, molestia, celos, insuficiencia o menosprecio. ¿Te ha sucedido?¿Sabes cuál es el diagnóstico de eso? Pura humanidad en acción jajaja. Tranquilos. Todos hemos estado ahí y estaremos de vez en cuando porque somos humanos. Eso sí, mientras más alimentes tu humanidad, más fuerte será (toma nota de eso jajaja).
Volviendo al tema, entré en un proceso de humillación para poder madurar. Ten claro que estos procesos Dios mismo es quien los dispone para nuestro bien. Y esto me hizo luchar con mis pensamientos legalistas. Básicamente, esos pensamientos te llevan a hacer buenas obras solo para aparentar y recibir la aprobación de Dios, creyendo que estás haciendo como se supone. Esto me hacía pensar que me ganaba el amor de Dios y el de los demás. Lo curioso de todo esto es que funciona hasta cierto punto. Me explico, te ganas a los demás, no obstante no te ganas a Dios porque Él ve tu corazón y sabe que las intenciones son egoístas. Así de ignorante era yo, pero nadie sabía, porque para todos siempre era la niña ‘buena y perfecta’. De verdad que yo necesitaba la gracia de Cristo porque estaba más sucia de lo que pensaba. Me veía humilde por fuera pero por dentro puro ego. Mis intenciones nunca fueron malas, porque yo nunca busqué estar en un pedestal. Pero mi manera genuina de ser, me llevó a caerle bien a la gente y luego quise mantener ese “agrado” de la gente. Poco sabía yo que agradar a todo el mundo se convertiría en una carga que no iba a poder sustentar. He entendido, si me acoplo, me convierto en una persona deforme, sin saber dónde está parada. Ni Dios mismo, quien es todopoderoso, agrada a todo el mundo.
El hecho de no atreverme a decir “no” hizo que dejara de pasar tiempo con el Espíritu Santo porque estaba ocupada cumpliendo con el “sí” que le daba a la gente. Se me olvidó que es el Espíritu de Dios quien me mantiene con los pies en la tierra. Dios quería que yo fuera libre de recibir la gloria por mis obras porque yo no estoy diseñada para recibir la gloria. La gloria, la adoración y la devoción son para nosotros entregarlas y dirigirlas a Jesucristo en un estilo de vida que sea del agrado de Él. No para nosotros recibirlas. Nuestra humanidad no tiene la capacidad de sostenerla pero le encanta recibirla. Gracias a Dios que toda la Gloria es de Él.
Intenté ser perfecta para llamar la atención de Dios, pensando que eso era lo que Él quería de mí, como los demás, pero Dios sacó a la luz mi egoísmo para llamar mi atención y hacerme perfume agradable para Él. Dios exige perfección (Mateo 5:48) pero no la que pensamos. Exige la que viene de un corazón humilde y manso porque esa es la perfección pura, la que vive a los pies de Jesús.
Me sucedió que a veces escuchaba pastores enseñando que nuestras obras no compran la gracia de Cristo pero que la fe sin obra estaba muerta. Y entonces yo pensaba: -“No entiendo. ¿No puedo hacer buenas obras porque así no me gano el amor de Dios, pero tengo que hacer buenas obras para que mi fe sea viva?”- Como pueden ver me encontraba en un revolú de pensamientos. Historia larga corta, actualmente hago buenas obras pero desde un corazón humilde. Y eso es lo que te vengo a hablar porque no sé si has estado en mis zapatos; confundido respecto a las buenas obras. Si lo has estado quiero que sigas leyendo.
Te quiero compartir varios versículos:
Santiago 2:14-17
Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno alegar que tiene fe si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe? Supongamos que un hermano o una hermana no tiene con qué vestirse y carece del alimento diario, y uno de ustedes le dice: «Vaya en paz; abríguese y coma hasta saciarse», pero no le da lo necesario para el cuerpo. ¿De qué servirá eso? Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta.
Santiago 2:21-24
¿No fue declarado justo nuestro padre Abraham por lo que hizo cuando ofreció sobre el altar a su hijo Isaac? Ya lo ves: su fe y sus obras actuaban conjuntamente y su fe llegó a la perfección por las obras que hizo. Así se cumplió la Escritura que dice: «Creyó Abraham a Dios y esto se le tomó en cuenta como justicia», y fue llamado amigo de Dios. Como pueden ver, una persona es declarada justa por las obras y no solo por la fe.
Esto es más simple de lo que parece. Básicamente Santiago está diciendo que nuestras obras vienen de nuestra fe. En otras palabras, utilizando el primer ejemplo que Santiago expone, si vemos a una hermana o hermano en necesidad no solamente le podemos desear el bien porque tenemos fe. Sino que como tenemos fe le daremos lo necesario para que la hermana o hermano esté bien. Me explico, tu fe en Jesucristo, nuestro Salvador, te va a dirigir a hacer lo que el Espíritu Santo quiere que hagas. Las obras las anhelamos hacer porque el mismo Espíritu Santo es quien nos dirige a hacerlas. Por ende, nuestras acciones/obras nacen de un corazón humillado a la voluntad de Dios, no desde un corazón que quiere recibir el crédito o lo hace a conveniencia.
Antes de seguir vamos a definir de manera simple qué es la fe y qué son las obras. La fe es: creer aún cuando no se ve. ¿Y qué es lo que debemos creer aunque no se vea? A Jesucristo. Así que no es “que” sino un “quién”. A veces pensamos que la fe es para ver las cosas que queremos, cumplirse. No obstante, hay una línea fina que contiene una pregunta: ¿Eso que tu anhelas que se cumpla, viene de ti o del Espíritu Santo? Y es la línea fina que a veces no vemos. En otras palabras, la fe es para desear ver y esperar las promesas de Jesús cumplirse. ¿Cuáles son las promesas de Jesús? Aquí te muestro unas cuantas: Jesús estará con nosotros siempre (Mateo 28:20), que volverá por nosotros (Juan 14:1-3), o que si oramos en su nombre, recibiremos (Juan 14:13-14), entre otras promesas. En esencia, nuestra fe es: JESUCRISTO.Las obras son acciones. Cuando unimos la fe con las obras sencillamente es que la voluntad de nuestro Padre Celestial se cumpla por medio del Espíritu Santo que está en mi gracias a mi fe, Jesucristo. ¿Vez? No es complicado. Nuestra amistad con Jesucristo, la cual se da por la intimidad que tenemos con el Espíritu Santo, nos lleva a hacer buenas obras. Por ende eso refleja que nuestra fe está viva porque nuestras acciones muestran la voluntad de Dios. Cuando leemos Santiago 2:21-24 vemos que Abraham hizo la voluntad de Dios por su amistad con Dios. Cuando Dios le pidió que entregará su único hijo, Abraham obedeció porque conocía a Dios y sabía que Su voluntad es mejor aunque se vea contrario. Y así fue como Abraham fue justificado ante Dios, porque sus obras fueron conforme a su amistad(relación) con Dios. ¿Cómo avivas tu fe? Teniendo una amistad con Dios. Intimando con el Espíritu Santo, nuestro guía. Leyendo la palabra de Dios para conocer su corazón. Sin olvidar que Cristo es tu salvador y que murió por ti para que fueras salvo y transformado, y así hagas buenas obras en la tierra para brillar la Luz de Jesucristo. Entonces, la gloria será de Dios, no tuya porque la obra nació de un corazón humillado a la voluntad de Dios por medio de una amistad.
En su palabra dice: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.” (Efesios 2:10) Quiero que sepas que cuando tienes una amistad con la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) muestras una fe viva que permite que se cumpla el plan de Dios. Nuestra fe viva hace que el mundo vea a Dios y Su plan llegue al cumplimiento. Y eso es asombroso porque al fin y al cabo, nuestra vida es parte de la historia de Dios. Es Él el protagonista, y nosotros somos los extras jajaja. Este mundo tendrá su fin pero Dios es eterno.
Te ánimo a que no te canses de hacer el bien, sigue sembrando en tu amistad con Jesucristo, porque en el tiempo de Dios cosecharás del Espíritu (Gálatas 6:9). No te desgastes para moldearte conforme a las personas, si no que vive de verdad para la gloria de Dios. Y como dijo Jesús:- “Nadie tiene un amor mayor que este: que uno dé su vida por sus amigos.”(Juan 15:13) Si vivimos es para Cristo, si morimos es para Cristo (Romanos 14:8) porque tenemos una amistad con él.